
Si hay algo que uno no olvida nunca, eso es su primer amor. El mío se llamaba Elena y recuerdo como si fuera ahora misma el color de su piel, la profundidad de sus ojos y hasta su aroma. Usaba una colonia que se llamaba Musk y que olía ropa limpia.
¿Qué tendría yo? Probablemente catorce o quince años, no más. Acababa de empezar el instituto y no conocía a nadie. Allí llegué yo, el raro, vestido de negro y con el pelo cardado. Todo el mundo tenía la misma cara de no saber muy bien a donde mirar. Iban nombrando desde la puerta y te asignaban el grupo con el que pasarías los próximos años, y entonces la vi. Tan rara como yo. Recuerdo que iba con un pantalón ancho negro, una camiseta de Siouxie, unos guantes con los dedos cortados y el flequillo con un cardado imposible. La vi y me enamoré. Sí, es verdad, yo no creo en el amor a primera vista, pero con quince años eso pasa. Desde que crucé una mirada con ella, mi único objetivo fue conquistarla.
Por desgracia no nos tocó el mismo grupo, así que como me moría de vergüenza si tenía que ir a lo bestia y presentarme, me hice amigo de sus amigas en cuestión de una semana, y se dio el caso de que me hablaba con todas menos con Elena. Un día, después de tres meses, ya no pude más y como que no quiere la cosa, me acerqué a ella temblando, con un nudo en la garganta y una tensión nerviosa al borde del ataque, y le dije que me gustaba. Elena no se sorprendió lo más mínimo, al revés, me dijo que ya lo sabía, que todas sus amigas se lo habían dicho y que estaba encantada de conocerme.
Quedamos una tarde. Hacia frío y nada más romper el hielo de la primera conversación, ella se acercó a mi y me dio la mano. Pasamos una tarde y otra. Una semana y otra. Un mes y otro, y todo se acabó.
Hace años los noviazgos no eran como ahora. No te acostabas a la primera, solo ibas de la mano y te dabas algún beso que otro. Así que ese fue nuestro fugaz noviazgo: hablábamos, nos reíamos, nos cogíamos de la mano y poco más; hasta que llegó otro más mayor y más guapo y me la quitó.
Durante varios días después fui a su barrio solo para verla salir del portal, imaginando una reconciliación de novela que nunca llegó y volvía a casa cantando una canción de mi grupo preferido, los secretos. Si, esa misma que esta sonando ahora mismo.

Nunca he vuelto a sentir aquella sensación. A pesar de buscarla, nunca más me enamoré de la misma forma. He querido más, cierto. He mantenido relaciones más serias y duraderas que la de Elena, que no fue mas que un amor de adolescencia que visto con la perspectiva del tiempo, hoy hubiera pasado sin pena ni gloria; sin embargo ese nudo, esa sensación de felicidad, ese no sé qué, no lo he vuelto a sentir nunca. Supongo que solo será cuestión edad.
Olvidar la relación de dos meses con ella me supuso años. De hecho, aun cuando me la cruzo (y ni siquiera nos saludamos), la miro y nuevamente algo se mueve por dentro. Guardo en casa las cuatro fotos que nos hicimos en un foto matón del barrio, sonrientes, adolescentes...
Dicen que el primer amor no se olvida nunca, muchas veces pienso que hubiera pasado si ella me hubiera hecho caso. Nada, me contesto, seguro que estaría en el mismo punto que estoy ahora. O no.
Así pues, mi primer amor se llamaba Elena. Era una chica estupenda y guapísima. Morena, de pelo liso y flequillo cardado, ojos oscuros y labios gruesos, Y tan guapa y especial que nunca he conseguido olvidarla del todo.